Hoy me ha llegado por varios sitios este artículo, en el que se subraya que el 75% de los adolescentes ha tenido una mala experiencia en redes sociales. No voy a poner en duda este dato, pero sí la lectura que hacemos de él. Porque no me ha llegado como una información más como profesional de este sector. Me ha llegado como madre, por parte de otras madres, lógicamente preocupada porque sus hijos estén en riesgo si interactúan en los medios sociales en los que se suelen mover.

La primera reacción, que no puedo juzgar, es la de alejarles del peligro. Argumentar que es mejor que no las usen hasta determinada edad y que nosotros nos relacionábamos fantásticamente sin ellas ha sido la respuesta casi unánime. Y es normal, intentamos que nuestros hijos no estén en contacto con lo nocivo. Que no fumen, que no beban, que no se acerquen a las drogas, que no caminen por la vía del tren ni jueguen a la Ballena Azul.

Pero estamos confundiendo nocivo con peligroso. La vida es peligrosa. Subirles a un coche conlleva un riesgo, dejarles ir al cole solos o salir con sus amigos puede terminar en un atropello, permitir que hagan un viaje en autobús podría acabar en tragedia. Pero los coches, los amigos, la calle o los autobuses no son malos. Las redes sociales tampoco. Somos conscientes de que no les podemos encerrar en una burbuja, de que su día a día entraña riesgos, y hemos de ayudarles a minimizarlos y a lidiar con los que no se pueden evitar. Les enseñamos a cruzar en verde y a mirar a ambos lados, respetamos las normas cuando vamos con ellos en el coche… y esperamos que el conductor del autobús no se duerma cuando van dentro, porque más no podemos hacer. Pero les prohibimos el uso de redes, que es más cómodo que aprender a usarlas para poder así orientarles.

Claro que antes nos comunicábamos sin ellas. Y quedábamos en la parada del autobús y no había móviles, y si el otro se retrasaba esperábamos y si lo hacíamos nosotros no podíamos avisar. Y tirábamos de páginas amarillas para localizar un teléfono, o nos cruzábamos la ciudad para comprar determinado artículo que no podíamos encontrar en otro sitio porque no existía la compra online. Y escribíamos cartas y nos tirábamos meses sin saber de un amigo que vivía lejos o tenía distintos horarios porque no podíamos mandarle un Whatsapp. Eso no hace que ahora sea mejor ni peor, ni hace que no utilicemos las nuevas herramientas de las que disponemos. ¿Por qué con nuestros hijos es distinto?

Porque el 75% de ellos ha tenido una mala experiencia en ellas. Ese es el razonamiento. Pero la propia investigadora que ha llevado a cabo el estudio habla en estos términos de esas experiencias negativas: “Es una especie de agresividad de perfil bajo, no son incidentes que podrían constituir delito, pero están presentes de forma constante. Lo que ocurre con estas agresiones de perfil bajo es que se están normalizando, es decir, se considera lo normal en la actividad de las redes sociales”. Toda la razón. Igual que se están normalizando en centros escolares y en la vida en general, donde estamos hartos de ver niños que son acosados, violencia machista y un sinfín de cosas más.

Así que propongo que no les llevemos más al cole. Más del 75% ha tenido alguna mala experiencia en el cole. Se han peleado, les han insultado, un profesor se ha portado de forma injusta, se han reído de ellos, han visto que hacían daño a un amigo…  ¿Y el parque? Ese sitio en el que si no te quitan el cubo te apartan del columpio o se cuelan en el tobogán, si tienes suerte y no te pegan con la pala. ¡Evitemos el parque hasta que cumplan los 14 por lo menos!

Si les estamos enseñando a gestionar situaciones reales, para que no les hagan daño y también para no hacerlo, hagámonos a la idea de que las virtuales ya también lo son. Que son parte de su vida, aunque no lo fueron de la nuestra a su edad, y que tienen que saber cómo capear el temporal cuando llega y evitar ser parte del mismo para otro. Y la solución no es apartarles de la realidad y así poder mirar hacia otro lado. Si no sabemos cómo orientarles, tendremos que aprender. No es lo más cómodo, pero es lo que toca.