“Ni Periscope ni hostias”. Seguro que lo habéis visto, y si no, aquí lo tenéis. Más allá del momento divertido, me parece aterrador por lo que representa. Porque no es un caso aislado, ni mucho menos.

Hace poco tuve una conversación con mi grupo de amigas sobre redes sociales y niños. Estamos hablando de personas relativamente jóvenes, modernas, con buenos trabajos, carreras universitarias… y un absoluto desconocimiento de lo que suponen (o supondrán en un futuro cercano) las redes en la vida de sus hijos, que aún son pequeños para estar en ellas pero se van acercando a las mismas.

Personas que tienen un perfil de Facebook y no han configurado siquiera sus opciones de privacidad, que ven Twitter como algo complicadísimo y sin utilidad aparente y que consideran Instagram una red que nunca llegarán a comprender pero en la que es mejor que no estén los chavales, no sea que enseñen más de lo que deben.

Estas personas son las que van a tener que encargarse de que sus hijos no cometan ni sufran acoso en las redes, pero también de que sean capaces de informarse en Twitter de lo que pasa en el mundo, de mantener el contacto con la familia de Irlanda a través de Facebook o de llegar a conocer gente profesionalmente interesante en LinkedIn, o incluso en Instagram. Ahá. Y ¿cómo van a hacerlo?

Cuando les decía que deberían informarse, que igual que eran capaces de enseñarles a relacionarse basándose en su experiencia deberían trasladar el concepto al mundo 2.0 y poder predicar con el ejemplo… me dicen que sí, que tienen que dar un curso sobre los peligros de las redes sociales. Los peligros. Y ya. ¿Y con todas las ventajas qué hacemos? ¿Creamos una generación de personas atemorizadas por los criminales que se esconden en las redes esperando el mínimo descuido para robarles sus contraseñas o vender sus fotos más íntimas?

Les enseñamos a usar una tarjeta de crédito y sus ventajas, lógicamente cuidando de no llevar escrito el pin al lado o no dejársela a nadie. Les enseñamos a que no acepten una maleta que no es suya en un aeropuerto, pero mostrándoles lo maravilloso que es conocer el mundo. Les inculcamos unos mínimos de educación, para que saluden, entablen una conversación… aunque no tengan que irse con cualquiera que les llame por la calle.

Entonces, ¿por qué en general nadie se plantea enseñarles a UTILIZAR las redes sociales en lugar de prevenirles contra ellas? Con cuidado, claro, como con todo. Pero también como con todo, es básico un mínimo de educación. La que queremos darles a nuestros hijos. La que a la mayoría de las personas de esta generación les falta.