Mira que me gusta a mí un viral navideño de estos que te dejan la lagrimilla colgando. Cuando algo me toca la fibra, lo disfruto. Este año tocaba emocionarse con el vídeo “Tenemos que vernos más”, de Ruavieja. Ups. Pues menuda decepción.

El resumen es sencillo: como andas todo el día enganchado al móvil, estás perdiendo un tiempo precioso para estar con tu gente. Con una producción cuidada, una música adecuada y primeros planos de las reacciones de los pobres protagonistas, te llegan al corazón. Pero de la peor manera.

Porque no es fácil que el público empatice contigo y se emocione con tu mensaje. Pero sí lo es cuando das donde duele. Todos querríamos tener más tiempo libre, pero el caso es que no lo tenemos, y si nos lo plantean como si fuera culpa nuestra y de nuestra adicción al móvil, nos hacen sentir mal. Eso es lo que consigue este anuncio. Que te sientas mal. Que se te escape una lágrima y que no sea de emoción, sino de reconocimiento de tu propia culpa. Cuando a lo mejor tampoco eres tan culpable… pero si te sientes así, vamos a aprovecharlo para vender.

Me imagino en el proceso de creación: ¿Cómo hacemos algo que se viralice? Vamos a meter el dedo en la llaga. La gente sufre porque no tiene tiempo, así que generemos la sensación de que lo están perdiendo con el móvil… haciendo que vean un vídeo de 4 minutos y luego lo compartan. Vaya, qué coherente.

Empezamos con datos: “en los últimos 6 años, el uso del móvil se ha triplicado”. ¿Y qué ha pasado con el consumo de alcohol? De esto no comentan nada. Pensándolo, si ahora el móvil es nuestra agenda, nuestro álbum de fotos, nuestra cámara, nuestra radio… a lo mejor no hacemos más que mirar lo mismo de siempre pero en otro sitio… pero bueno, seguimos y nos dicen que consumimos más contenido audiovisual que nunca. OK. Nos muestran a diferentes parejas de personas que se quieren. Siguiente dato: “Y el contacto con la gente que nos importa se está trasladando a las redes sociales”. ¿Seguro? Yo no sé si tengo algún amigo al que haya sustituido por su perfil de Facebook. Lo que sí tengo son muchos con los que puedo mantener cierto contacto gracias a las redes.

Pero hay más: “Como consecuencia, cada vez pasamos menos tiempo con nuestros seres queridos y más tiempo mirando pantallas”. Igual aquí ya nos estamos pasando. Este mensaje está superpuesto en una imagen en la que vemos a gente el metro centrados en su móvil. Desalmados, podrían haber quedado con sus primos en el vagón y aprovechar ese rato. Que se criaron juntos, coño.

En la siguiente imagen se ve a los protagonistas contando por qué se ven poco: la rutina, los horarios, la distancia, la falta de tiempo… No veo a ninguno diciendo que no queda con el otro porque está jugando al Candy Crush.

Pero ellos siguen. Aparece el experto que siempre da un toque profesional en estos casos: un psicólogo afirma que aunque la gente dice que lo más importante son sus seres queridos, la distribución de su tiempo no lo demuestra así, y que es porque estamos programados para no pensar que mañana podemos morirnos. Que digo yo que será por algo. Que lo de vivir cada día como si fuera el único está bien, pero si todos lo hiciéramos estaríamos todo el día borrachos porque total, lo de ir a trabajar está sobrevalorado cuando nos quedan 24 horas de vida. Estamos programados para eso porque sobrevivir pensando constantemente que tenemos que aprovechar este día como si fuera el último sería casi imposible. Por mucho que Mr. Wonderful, Ruavieja y muchos otros se empeñen en que cambiemos el chip. Pero la cosa no queda ahí:

Con un sencillo cálculo y datos extraídos del Instituto Nacional de Estadística” (vamos, que hemos consultado la edad a la que el españolito medio pasa a mejor vida), “nos dimos cuenta de que es posible averiguar el tiempo que pasaremos con nuestros seres queridos”. Y viene el golpe de efecto.

Suman las horas y se las dicen a cada pareja todas juntas, en plan “fíjate qué poco”. Y todos reaccionan como era de esperar, con incredulidad, pena y CULPA. Porque la base de este anuncio es la culpa. Si sigues así, solo verás a tu mejor amigo 81 días y 18 horas en tu vida. Que te pasas el día con las pantallitas. Pero es que si yo, a mis 41 años, paso una hora a la semana con mi mejor amiga, la veo 52 horas al año. Eso son dos días y poco. Es decir, en otros 40 años la veré un tiempo muy parecido a esos 81 días y 18 horas que tanto impactan a una de las parejas. ¿Y? Todas las semanas tengo mi rato con mi amiga, nos contamos, nos ponemos al día… no me lo sumes para que me parezca muy poco. Porque además cada día dedico unos minutos a saber cómo está, me manda la foto del libro que le recomendé y le acaba de llegar, yo le mando la de mi hijo con el disfraz que me ayudó a hacer, nos contamos cómo siguen nuestros padres y comentamos la última serie que hemos visto. Gracias a… ¡las pantallitas! Vaya por Dios, que al final no van a ser tan malas.

Y así termina, con todos ellos con el propósito de “hacer algo”. Supongo que el que tiene niños aparcará el móvil cuando les acueste y, en lugar de ver una serie, les dejará solos para irse a ver a esa gente que quiere. Y el que pasa 40 horas por semana en una oficina cogerá una reducción de jornada para lo mismo. Porque los datos finales son para echarles de comer aparte… Si de los próximos 40 años pasaré 10 mirando pantallas y 8 en internet, ahí me estás metiendo el ordenador que uso en las horas de trabajo porque si no es así no hay horas suficientes en esos 40 años. Y si para convencerme de que uso mucho el móvil tienes que recurrir a esa trampa, todo lo que me calcules va a tener la credibilidad que yo te cuente.

Este vídeo me lo han mandado varios amigos. Mi amiga P. trabaja a tiempo completo, se encarga sola de sus niños casi siempre por incompatibilidad de horarios de su marido, y siempre que puede intenta quedar conmigo, que soy una autónoma con 3 hijos y, en este momento, una madre en casa en plena recuperación de una operación. Pues no, no nos suele cuadrar el momento. Y no nos gusta. Y el día que nos vemos es como si no hubiéramos dejado de hacerlo, pero nos cuesta encontrar el día.

Mi amiga N. trabaja también a tiempo completo y ejerce de padre y de madre con sus hijos. Su horario y su vida le permiten escapadas cortas a mediodía que a veces aprovechamos para una cerveza ultra-rápida porque ella tiene un horario y yo tengo que volver a trabajar o a por mis hijos. Nos gustaría vernos con más calma.

¿Sabéis lo que ayuda a que, con estas vidas, yo pueda seguir en contacto con P. y N. como si el tiempo no pasara entre quedada y quedada? El móvil. Que no me vendan motos, que no las veo menos por las horas de contenido audiovisual que consumimos.

Yo voy todos los días a un bar. Es un sitio en el que puedo entrar a cualquier hora y siempre hay alguien que me saluda. Puedo meterme en su conversación o llegar con lo que en ese momento me preocupa o me alegra. En todo momento hay un amigo dentro que se alegrará o me ayudará, según el caso. Y al rato vendrá otro, quizá cuando yo me haya ido, pero se enterará de lo que me pasaba y más tarde lo comentaremos o me preguntará por ello. Pasaré un rato divertido, me enteraré de cómo le va al resto, me iré y volveré al rato, si puedo, y si no, me pondrán al día cuando sea. Como haré yo con los que no han podido pasarse en unos días por allí. Este bar, que así lo llama una de sus integrantes, no es otra cosa que un grupo de Whatsapp. En él estamos 30 amigos del colegio que nos volvimos a reunir gracias a Facebook. Que intentamos vernos cuando podemos, en contadas ocasiones todos y a menudo alguno que otro, pero que lógicamente no podemos tener una relación cara a cara habitual, porque los hay viviendo lejos, los hay con distintos horarios, con diferentes cargas familiares… Pero están ahí, cuando les necesito y cuando me necesitan, cuando nos apetece reírnos y cuando tenemos que dar tres gritos después de un mal día.

Están detrás de mi móvil, y nadie me dirá el tiempo que debo pasar con ellos.