Hablar con Benjamin Simon, cofundador de FOREAL, es adentrarse en un estudio donde la amistad, la potencia tecnológica y una pasión muy clara por el diseño conviven de forma natural. Desde Trier, una pequeña ciudad alemana lejos de los grandes focos creativos, FOREAL ha construido desde 2013 un lenguaje visual propio, reconocible y de altísima calidad, demostrando que el buen diseño no entiende de geografías. En esta entrevista, Benjamin nos habla del origen del estudio, de su evolución desde la ilustración estática hacia el storytelling visual y la animación, y de esa mezcla de actitud, precisión y humor que define su manera de entender la imagen contemporánea.
Si queréis conoceer su trabajo un poco más, estarán en el OFFF Barcelona.
Tu trabajo es reconocible al instante por su lenguaje visual tan distintivo. ¿Cómo construyes y proteges tu propia identidad estética cuando trabajas para marcas tan diversas?
Sinceramente, nunca nos sentamos a decidir: «Este es el estilo definitivo». Surgió como la mayoría de las cosas en nuestro estudio: trabajando mucho, discutiendo, descartando la mitad y conservando las partes que nos hacían reír o sentir algo. Después de un tiempo, simplemente aparece un estilo propio.
Nuestro trabajo no consiste en imponer nuestro estilo al cliente, sino en plasmar su mundo a través de nuestra perspectiva. La perspectiva es lo que permanece inmutable. Las herramientas y las tecnologías cambian, las tendencias van y vienen, el software se renueva cada pocos años, pero nuestra visión de una idea, el instinto que nos permite captar la esencia de una imagen, eso perdura. En definitiva, tu estética no es un estilo, sino un punto de vista.
Describes tu estudio como un punto intermedio entre el trabajo independiente y una gran productora. ¿Cómo influye este modelo en su relación con los clientes y en su control creativo sobre los proyectos?
En realidad, lo cambia todo. Cuando contratas a FOREAL, no te encuentras con un vendedor que te pasa a un productor que te pasa a un artista que nunca conocerás. Hablas directamente con quienes mueven los píxeles. Nada de laberintos corporativos, nada de reuniones sobre reuniones. Esa cercanía es genial para el cliente: decisiones más rápidas y nada se pierde en la traducción entre el brief y el fotograma final. Pero también es genial para nosotros, porque podemos proponer ideas innovadoras, sugerir opciones menos convencionales, decir «confía en nosotros» y demostrarlo al día siguiente. Calidad de gran estudio, agilidad de boutique. No es un eslogan, es nuestra forma de trabajar.
En vuestra web, hablan mucho sobre la narración de historias. ¿En qué momento del proceso deciden qué historia debe contar una imagen o animación, más allá de lo que se indica en el briefing?
Muy pronto. Antes de abrir cualquier software, queremos tener claro cuál es el objetivo y qué se debe comunicar. El brief suele indicarlo. La pregunta interesante es qué viene después: ¿cómo lograr que el usuario sienta algo al respecto? ¿Curiosidad, reconocimiento, una sonrisa, una pizca de confusión que lo atraiga? Ahí es donde comienza la historia, y esbozamos, hablamos y lanzamos ideas hasta que se materializa.
Muchas veces ni siquiera se trata de una «historia» en el sentido narrativo. Es una atmósfera, una actitud, un pequeño giro que hace que la imagen parezca tener un punto de vista, más allá de estar simplemente bien hecha. La técnica por sí sola ya no basta: hay demasiado trabajo bello por ahí. Una buena imagen capta la atención al desplazarse por la página. Una buena historia es lo que hace que alguien la recuerde diez minutos después.
Trabajas con ilustración, CGI, gráficos en movimiento y animación. ¿Cómo decides qué medio es el adecuado para cada proyecto y cuándo conviene combinar diferentes lenguajes visuales?
Sinceramente, esa pregunta rara vez surge. En los trabajos para clientes, el medio suele estar definido en el briefing: la campaña ya sabe dónde se va a publicar y qué formato necesita.
Y en nuestros proyectos de iniciativa propia, la pregunta tampoco surge realmente, porque somos un estudio que prioriza el movimiento. Prácticamente todo lo que creamos busca, tarde o temprano, tener movimiento.
Mezclar lenguajes visuales es otra historia; es una decisión creativa que tomamos constantemente. Un render fotorrealista junto a un elemento plano en 2D, una textura dibujada a mano sobre una superficie generada por computadora: esos contrastes son donde reside la verdadera fascinación. Pero, ¿qué medio usar? Eso generalmente se decide incluso antes de abrir el archivo.
Después de más de diez años en el estudio, ¿qué te sigue motivando a explorar nuevas formas visuales y evitar repetir fórmulas que ya funcionan?
Curiosidad y un sano temor a caer en la comodidad. El trabajo que ya sabemos hacer no es realmente lo que nos entusiasma; es lo siguiente, aquello de lo que no estamos del todo seguros de que funcione, lo que mantiene al estudio en movimiento.
Pero hay algo más serio detrás de todo esto. Para mantenernos visualmente relevantes como estudio, debemos reinventarnos constantemente: experimentar, innovar, desarrollar nuestras ideas. Quedarse estancados sería fatal. Nuestros proyectos personales son el espacio donde esto sucede con mayor libertad; son nuestra excusa para explorar algo que nunca antes habíamos intentado, y, sinceramente, de ahí proviene la mayor parte de nuestra motivación.
Mantenemos la misma ambición en el trabajo con clientes, aunque los límites suelen ser mucho más estrictos. Al trabajar dentro de una marca corporativa ya establecida, hay que respetar su estilo, y es justo: es su universo. Los proyectos de branding, donde se reinventa una marca desde cero, nos dan un poco más de margen. Pero incluso en los proyectos más restrictivos, queremos crear algo que se sienta único para ese cliente y que, con suerte, se convierta en un icono de la marca en algún momento.
Y, sinceramente, gran parte de esa motivación ya no proviene de nosotros dos. Proviene del equipo. Cada uno aporta sus propias referencias, sus propias obsesiones, sus propios proyectos paralelos peculiares, y esa mezcla es lo que impide que el estudio se estanque en un solo estilo. Un lugar que solo suena como sus fundadores termina por dejar de sorprender a nadie, ni siquiera a los propios fundadores.



























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